De mi viaje (a dedo) a San Petersburgo, con fotos

Viajes

En una noche de mi primer verano en Rusia, cuando estudiaba sociología en Moscú, decidimos con un amigo colombiano hacer hitchhiking (viajar a dedo) a San Petersburgo. Una manera poco común y algo arriesgada para un par de extranjeros que apenas hablaban ruso.

Tratamos de ser más personas, pero nadie se animó. Básicamente, no se unieron por el temor a que no saliera algo bien durante el viaje o porque no les parecía las mejor de las ideas.

En la mañana, con la mochila lista y un par de enlatados, empezaba un viaje del que no sabía ni mi familia, ni amigos, ni mi novia, ni nadie más que Mauricio, la suerte y yo.

Puede sonar un poco a trampa, pero tuvimos que tomar el tren de cercanías (elektrichka) para salir de Moscú y poder arrancar el hitchhiking desde una carretera más concurrida por conductores que se dirigieran al norte. Así, llegamos a la primera parada de esta aventura, la bellísima ciudad de Tver.

Día 1: Tver y el Río Volga

Al llegar a Tver, aprovechamos para visitar la ciudad y paseamos por la plaza de Lenin. Afortunadamente para nosotros, unos colombianos nos identificaron y saludaron, seguramente gracias a la enorme bandera tricolor que llevábamos amarrada a una mochila 🇨🇴📯.

Resultó que este grupo de jóvenes eran estudiantes de la Universidad Estatal de Tver. Ellos nos mostraron la ciudad, pasamos un buen rato en las playas del Rio Volga y, lógicamente, compartimos unas cervezas antes de dirigirnos a las residencias universitarias donde vivían. Nos habían invitado a para pasar la noche.

La celadora del edificio no nos permitió pasar por motivos que nadie entendió. Las reglas en Rusia se suelen improvisar en el momento. La solución – ¡Colarnos por la ventana! La situación nos tomó en el zenit de nuestra juvenil rebeldía… y unos tragos encima.

Después de este gran comienzo, pensamos con Mauricio que el viaje ya había valido la pena. La verdad es que todavía teníamos mucho que ver en Valday y Veliky Novgorod, nuestras siguientes paradas.

Día 2: Valday y su alucinante lago

Al siguiente día, aún en Tver, nos dirigimos a la salida de la ciudad y nos ubicamos junto a la carretera. ¡Ahora era cuando realmente veríamos si podríamos llegar a San Petersburgo a dedo!

Pasó bastante tiempo y no más de un par de carros pararon a preguntarnos nuestro destino, pero ninguno iba hasta allá. Fue cuando decidimos escribir en el cartel el nombre de un pequeño pueblo que quedaba de camino – Valday.

Finalmente encontramos un conductor que nos llevaría hasta Valday, la idea había funcionado. En el camino hubo poca charla, el señor que nos llevaba, solamente nos preguntaba si estábamos mal de la cabeza por estar haciendo un viaje así, diciendo que nos había recogido por temor a que nos recogiera una persona equivocada.

En menos de lo que esperamos, habíamos llegado. Nos bajamos en una “zona de camping” que, de eso no tenía ni el nombre, no había más que tierra y pasto. Al final, decidimos pasar la noche en una pequeñísima península del enorme Lago Valdayskoye, donde se respiraba una paz infinita.

Sin encontrar un restaurante abierto donde comer, armamos la carpa y nos pusimos a improvisar una comida con lo poco que teníamos. Unas rocas nos sirvieron de cocina y unas latas de frijoles nos sirvieron de ollas. No teníamos ninguna comodidad, pero el lugar nos transmitía una tranquilidad absoluta, no podíamos estar más desconectados.

El sol sobre Valday se despedía, dejando un paisaje tan bohemio, que no pude hacer más que sacar a Cori, mi guitarra, y tocar unas canciones.

A la mañana siguiente, dimos un paseo por el pueblo, tomamos unas fotos y retomamos el camino. No muy lejos de nuestro camping, se había quedado un señor que nos llevaría a una carretera con más probabilidades de encontrar un aventón.

Aún no nos habíamos bajado del carro, cuando el señor preguntó a una pareja de otro carro si nos podían llevar hasta Veliky Novgorod. Estos aceptaron y nos encaminamos hacia el norte.

Día 3: Veliky Novgorod y un paseo en bote

Al llegar, hicimos lo habitual. Buscar un restaurante para llenarnos lo más posible, por si acaso. Estuvimos dando vueltas por las plazas y calles del centro, pero luego…

A lo lejos, vimos un muro enorme que se extendía cerca a unos árboles. “Vamos a ver qué hay allá”, dijimos. Al cruzar, todo era playa, un enorme río, cientos de viajeros y locales descansando. Habíamos encontrado dónde pasar esa noche.

Dimos un largo paseo por el río, hablamos con algunas personas y llegamos a un punto que parecía ser un buen lugar para acampar. No pasó más de media hora, cuando una pareja montó también su tienda de dormir junto a la nuestra, y empezaron a inflar un pequeño bote.

Nos hicimos amigos de ellos y nos dejaron usar su bote. Dimos otro largo paseo, esta vez, sobre el Río Volkhov. Ahora sí, yo estaba seguro de que la loca decisión de un viaje a dedo a San Petersburgo había valido la pena.

Día 4: San Petersburgo

Al alba, después de desmontar la carpa y despedirnos de Olga y Vadim, nos fuimos a una terminal de transportes y compramos un boleto para ir en bus a San Petersburgo.

Tuvimos varias razones por las que no seguimos haciendo hitchhiking. Primero, ya habíamos vivido la experiencia. Segundo, ya habíamos ahorrado bastante en transporte. Tercero, el boleto en autobus a San Petersburgo ya era más barato desde nuestra ubicación.

La noche anterior, yo había discutido con Mauricio por algo que ya ni recuerdo. La discusión escaló y dije cosas de las que me arrepiento. No hablamos hasta que compramos los boletos de autobus, que fue cuando Mauricio se despidió y dijo: “Sebas, fue muy bacano el viaje, pero seguiré solo en adelante”.

Dejé que se fuera, lo pensé bien una y otra vez, y luego fui a buscarlo al Mcdonald para pedirle perdón antes de irme a tomar el bus. Sí, esto ya parecía una mala película americana entre dos amigos, en la que todo eso tenía que pasar.

Lo cierto es que Mauricio me dio una lección de vida. Antes de eso, yo no reflexionaba acerca de que los amigos no deben estar ahí para soportar todo, y mucho menos un maltrato. Desde ese momento, y hasta hoy, intento no hacer o decir cosas que hagan sentir mal a los que me acompañan en esta vida. Ellos no tienen porqué estar ahí, es su decisión individual. A veces logro contenerme, otra veces no tanto.

Nos arreglamos y tomamos el autobus a Piter, así es como le llaman en Rusia a San Petersburgo.

Sí, fue un final muy amargo, después de tantos momentos bonitos, pero es lo que pasó. Por suerte, lo mejor del viaje, al menos para mí, estaba por llegar en la siguiente y última parada, San Petersburgo.

Ya empecé a escribir la historia de cómo pasé en Piter las mejores vacaciones, y más alocadas, de mi vida. Puedes suscribirte a este Blog, que recién empiezo, para que sepas cuando sea publicada esa historia. Probablemente ya me agregado en redes sociales, pero pueda que pases desapercibido el post acerca de Piter.


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